Diego Muñoz

Peñarol de los milagros

Hace algunas décadas “Peñarol de los milagros” remitía a un equipo capaz de resurgir de los peores momentos para dar vuelta partidos imposibles, conseguir títulos impensados, sobreponerse a la adversidad. En el último tiempo la frase debe utilizarse con el sentido inverso a la original. Peñarol se convirtió en un equipo que puede perder con el más humilde, terminar el torneo local en los últimos lugares o dar pena en el plano internacional.

Actualizado: 03 de Mayo de 2017 | Por: Diego Muñoz

Sin estilo, sin conducción, sin plan a largo plazo, la institución navega con una balsa en medio de un mar embravecido y su capitán rema sin dirección, a puro arrebato, rumbo a lo desconocido.

Juan Pedro Damiani maneja el club a su antojo. Da la casualidad que se trata de una institución demasiado popular y gloriosa, que pierde prestigio a pasos agigantados. Pero al presidente no le importa. Con la condescendencia de buena parte de la prensa, sus ambigüedades en todo sentido son moneda corriente.

Damiani cree que la institución le pertenece. Y ese es su peor error. Los dislates de su gestión también inciden en lo deportivo. “Esta vez me quiero equivocar yo”, dijo en mayo del 2016. Como si antes no lo hubiese hecho. Toda una muestra de la percepción que tiene de sí mismo.

Intempestivo, su peor error de una cadena demasiado grande fue cesar a Pablo Bengoechea. Un ídolo indiscutido, con espaldas para soportar críticas, medido en sus declaraciones y que encima había sido capaz de ganar un título, algo que escasea en el club por estos tiempos. Todo porque el equipo no llenaba el ojo y no había podido ganar clásicos. Como si cambiar al técnico más serio de los últimos años asegurara conseguirlo. Peñarol jugó peor que antes y siguió sin derrotar a Nacional.

A fin de 2016 Damiani dijo que quería a Guillermo Almada como DT. Al final, contrató a Leonardo Ramos. Uno y otro son tan parecidos como el sushi con la buseca.

Ramos apeló a la identidad perdida con Jorge Da Silva. Con un discurso encendido, que apeló al instinto más básico del hincha y de los jugadores, exacerbó los ánimos hasta el límite con el objetivo de tener un equipo comprometido y aguerrido. Jugar con fuego tiene sus riesgos. Ante Palmeiras quedó claro. Más allá de eso, el principal problema estuvo en que se olvidó del juego. Armó un equipo con poca creación y estuvo lento de reflejos en partidos clave como el clásico o Palmeiras.

Mientras Cristian Palacios en Wanderers, Miguel Merentiel en El tanque y Facundo Rodríguez en Boston River, todos jugadores de Peñarol, están entre los goleadores del torneo, el técnico eligió a Lucas Cavallini.

En el Apertura ganó seis partidos y empató siete. En la Copa los números son todavía peores. Ganó uno y perdió cuatro, está último en su grupo y solo un milagro le permitirá clasificar a la Sudamericana.

Pero el problema no es Ramos. Como antes no fue Da Silva, ni Curutchet, ni Bengoechea, ni Gregorio, ni Saralegui, ni Ribas, ni Matosas, ni Púa, ni Keosseian, ni Fossati, ni Alonso, ni Gonçalves, ni Montero. El verdadero problema de Peñarol está afuera de la cancha.

 



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