El hincha de Peñarol que en los 118 años de Nacional le dio un ejemplo a su hijo

Martín Castellini es hincha de Peñarol y se anotó en la carrera que festejó los 118 años de Nacional para mostrarle a su hijo chico, que también es de Peñarol, que la rivalidad no significa ser enemigos.

Actualizado: 20 de Junio de 2017 | Por: Redacción 180

El hincha de Peñarol que en los 118 años de Nacional le dio un ejemplo a su hijo

Esta nota fue escrita por un alumno del taller de periodismo de Leonardo Haberkorn, en el marco de un ejericicio durante el curso.

Eran las 10.30 del 28 de mayo, yo estaba pronto para largar la corrida del Club Nacional de Futbol. Se festejan los 118 años de su nacimiento, el mayo tricolor. Pero mi corazón es oro y carbón, mis colores son amarillo y negro, soy de Peñarol. Estaba con la camiseta del bolso pronto para partir.

¿Qué hacía yo ahí? ¿Un momento de locura?, ¿de elevación del alma? Como si uno de Boca corriera la de River Plate, como si uno del Barca gritara un gol del Real Madrid, como si uno de Rampla se casara en el medio de la cancha del Tróccoli. No lo sé exactamente.

Todo fue de repente, hacía ya unos meses que había empezado con caminatas y a correr unos pocos kilómetros, siempre alrededor del Palacio Legislativo, metido en el corazón del barrio la Aguada, mi lugar en el mundo.

Desde hace unos años la agenda de carreras 5k, 7k, 10k, se ha multiplicado. Uno se anota en una red de pagos abonando alrededor de 500 o 600 pesos y un día llega a tu mail la fecha en que se puede levantar el kit que contiene una camiseta, con el talle correspondiente y un chip que se pone en el champion y te da el tiempo exacto que hiciste en la carrera, promedio por kilómetro, posición por categoría.

Hay muchas como la de Peñarol, Nacional, Aguada, Malvín, Cutcsa, BBVA, REEBOK, entre otras.

La meta de un corredor amateur es llegar, cumplir el recorrido. Puede plantearse mejorar el tiempo, pero pasar la línea final es la felicidad.

Le comento a Patricia, mi señora, que voy a correr los 6K de Nacional y a ella, como hincha del bolso, le pareció fantástico. Después hablé con Mateo, mi hijo de 6 años, y me dijo “¿De Nacional? Pero si somos de Peñarol”. Le dije, Mateo la voy a correr, la camiseta se la voy a regalar a mamá y la medalla del final de carrera es para vos. Y el botija, que es un amante de todo objeto deportivo, llámese camiseta, short, medias y ahora una medalla, no dudó en aceptar.

Mis amigos me decían, qué te pasa que vas a correr la de Nacional si vos sos de Peñarol, ¡no podes! Una amiga de Patricia, Rosario, me dió para adelante y Pablo, un amigo bolso de alma, me dijo voy a 18 verte cuando pases. Yo decía que finalmente el deporte está por encima de los colores y todo eso, muy filosófico, no convencí a nadie.

Llegó el día de levantar el kit en la sede de Nacional, una situación extraña, un peñarolense de pura cepa, un hombre del manya como yo, entrando a la sede de 8 de Octubre. Un lugar prohibido para un carbonero. Entré y caminé por sus pasillos rápidamente, vi las copas al pasar y la tienda de ropas del equipo, pero algo interior me impedía caminar tranquilamente. Al final del pasillo entregaban los kits, camiseta XL, rojo, azul y blanco. Cuando salía de la tierra prohibida sentí que alguien me decía: “bolso, bolso, bolso, tengo unos pegotines para hacer finanzas para la barra, tres por 100 y uno por 50”. Miré la billetera y justo había 50 pesos, le compré uno. Al amigo ni se le pasó por la mente, ni por un segundo, que yo era de Peñarol, no había posibilidad, tampoco le dije nada.

La carrera empezó bajo una llovizna mansa,  mucho frío, mucha gente, había 3700 cupos, muchas mujeres, muchos padres e hijos y muchas familias: padre, madre y cochecito con el niño, la pasión es inmensa.

Poco a poco entré en un ritmo cómodo para mí, metido en el medio de centenares de personas. La carrera salía del Parque Central, corrías unas cuadras hacia el barrio de la Unión y luego doblabas y te metías en 8 de Octubre rumbo al centro. Llegó un momento distinto, pasar por el túnel de 8 de Octubre. Allí la gente empezó a cantar y todo retumbaba, las voces se multiplicaban, el canto del hincha algo maravilloso. Entramos en 18, vuelta en Pablo de María y ahí ya totalmente concentrado, metiendo pata para llegar decorosamente. Mi amigo Pablo cumplió, en 18 y Acevedo Díaz estaba alentando con su hija Clarita.

Terminé en el puesto 780, 35 minutos 08 segundos: un promedio de 5.45 minutos el kilómetro, un tiempo correcto para mi debut. Para un amateur llegar es ganar. Pasé la meta y a unos 20 metros de la línea final estaban Patricia y Mateo. Busqué su mirada, Patricia sonrió, Mateo levantó el brazo y su pulgar al cielo y lo mismo yo brazo levantado y pulgar al cielo.

Mi prédica de que el deporte está por encima de colores es muy dulce para los oídos, pero no me la llevó nadie. Mateo y yo seguimos siendo de Peñarol, no nos movimos ni un mílimetro. Los tricolores son siempre amigos, ojalá mi hijo lo haya comprendido.

Y como a veces los hechos son más fuertes que las palabras, me metí en un pelotón de gente tricolor.