Inés Bortagaray

Apuntes sobre Call me by your name

Call me by your name (Llámame por tu nombre), película del siciliano Luca Guadagnino (de 46 años), es la adaptación de una novela que hace diez años editó el autor americano-ítalo-egipcio André Aciman. La historia, escrita en primera persona y contada desde el presente por Elio, un joven de 17 años, nos traslada a un verano en una villa en la costa italiana en los años 80, y al primer amor de Elio: Oliver, de 24 años, que llega desde Estados Unidos y se instala en la gran casa familiar, para cumplir una especie de pasantía. Durante seis semanas va a ayudar al padre de Elio, un académico estudioso de la Arqueología.

Actualizado: 13 de marzo de 2018 | Por: Inés Bortagaray

La novela está contada como si se tratase de un recuerdo, algo que evoca un memorioso Elio, veinte años después del romance. La melancolía baña todo el texto, que leí digitalmente después de haber visto la película. El guion adaptado de esta novela de Aciman es del Talentosísimo y Enorme James Ivory (89), director y guionista británico, artífice –junto a Ismail Merchant, su socio y pareja durante largos años– de Grandes Películas de Todos los Tiempos, como Lo que queda del día (1993), o la anterior Maurice (1987), también con el foco en el amor gay, en ese caso en el corazón de la Inglaterra victoriana de finales del siglo XIX, tiempos difíciles para la libertad. Por el guion adaptado Ivory ganó el Oscar. (Call me by your name estaba nominada por las categorías “mejor película”, “guion adaptado”, “actor” y “canción”). Los protagonistas: Timothée Chalamet (descomunal), que interpreta a Elio, y Armie Hammer, que encarna a Oliver.

Parece que originalmente era Ivory quien iba a dirigir la película (era él quien tenía los derechos del libro de Aciman, y quien llevaba diez años adaptando el guion), y Guadagnino se iba a encargar de producirla, pero en el camino Ivory se corrió de lugar y fue Guadagnino quien asumió la dirección. Guadagnino (que ya ha filmado en paisajes italianos con actrices y actores de fama mundial, como en su película anterior, A bigger splash, de 2015, con Tilda Swinton y Ralph Fiennes) exploró las lecciones de cineastas como Renoir, Pialat o Bertolucci, para pensar tanto en la naturaleza humana como en la posición de cámara, que también puede ser la posición del pintor. Renoir, hijo del célebre pintor impresionista, lograba, según Guadagnino, que la cámara se hiciera invisible. El director de Call me by your name también miró a Bertolucci y atendió algo que una vez éste le dijo: “una película no es solamente la representación de unos personajes en un guion”. Para Bertolucci, la cámara es una herramienta mediante la cual el director investiga las más profundos y escondidos abismos en la identidad de un actor. Las películas casi funcionan como documentales que registran las inflexiones y el carácter íntimo de los actores que las protagonizan. Algo de eso hay en esta película (además del guiño a su Belleza robada, de 1996).

La geografía cambia en la película, que no transcurre en la Liguria, como en el libro, sino que se cuenta en un escenario verde de la Lombardía, donde el director pasó su propia adolescencia. Más precisamente: en los alrededores de Crema y el lago di Garda. El set: una villa del siglo XVI, situada en Moscazzano, un pueblo de mil habitantes. Elio pasaría ahí otro verano abúlico, amparado por la ligereza y el esplín de las conversaciones en el patio de la villa. Pero el encuentro con Oliver (un Apolo que levanta suspiros entre las chicas cuando baila o cuando juega al vóley) despierta algo que no existía. Hay acá una atracción, un éxtasis y un dolor.

Rama que se abre en este árbol: la música, preciosa, es de un músico estadounidense llamado Sufjan Stevens. La recopilación de tonadas van desde el de Detroit hasta las canciones del italidisco como Paris Latino (éxito de Bandolero de 1983), Franco Battiato o composiciones en piano de Ryuchi Sakamoto. El verano respira también a través de la música. Y además Elio es melómano, y toca dos instrumentos con solvencia: piano y guitarra.

La película, filmada en 35 mm (no voy a detenerme acá en el capítulo director de fotografía, porque abriría una rama muy larga, que me llevaría a otros directores, a Tailandia y a Portugal), con una luz, una textura y unos colores totalmente fulgurantes, registra con gracia y verdad el torbellino de sentimientos de los protagonistas, peripecia

que si tenemos que poner bajo algún paraguas genérico respondería al coming of age. El coming of age habla sobre las iniciaciones, esos puntos de inflexión en el camino de una persona. Suele retratar a adolescentes que viven y sufren en estas instancias de metamorfosis. El momento del crecimiento. Los dolores del crecimiento. El cambio de piel acá no habla tanto de la iniciación en el amor o la iniciación a la adultez. Es una iniciación a un nuevo tipo de sensibilidad. A un permiso que se dan Elio y Oliver de probar la cercanía, la sensualidad, ese goce. Esta película es una historia de amor. Gay, sí. Universal, también. Del todo universal.

Se ha dicho que el director ha dejado abierta la puerta para una secuela (tal vez a fines de 1989, tras la caída del muro de Berlín), una especie de crónica (a lo Antoine Doinel, protagonista de la saga de Truffaut) que pueda luego retomar el recorrido de cada uno, de Elio, de Oliver, unos años después. De hecho en las últimas cuarenta páginas de la novela se cuentan los siguientes veinte años de los personajes, así que la posibilidad de que haya una segunda parte está viva y es real. La historia, acaso, continuará.

Como todo tiene que ver con todo hay acá una asociación natural entre la película y la novela de donde nace, pero puesta esta película en diálogo con otras películas aparece una genealogía. La primera es Muerte en Venecia de Thomas Mann (que Visconti llevó al cine). Pero en Call me by your name el personaje que cuenta la historia es el más joven, y el amor no es platónico. La geografía frondosa, vibrante, recuerda aquella donde transcurre una película de 1970 llamada La rodilla de Clara, del francés Eric Rohmer. Volví a ver La rodilla de Clara y me di cuenta de que las historias no pueden ser más distintas (hay pasión en ambas, pero mientras en una la pasión es desbocada, manifiesta, zozobrante, en el caso francés es cerebral y cínica).

Pensé también en una novelita que leí cuando era adolescente. Bonjour tristesse, se llamaba. La novela, de Françoise Sagan (1954), también contaba una experiencia de iniciación. Esta vez, de la joven Cécile, también de 17 años. En un perezoso verano en la Riviera francesa Cécile pasa los días asoleándose con su padre, Raymond, y su amante, la frívola Elsa, y de pronto encuentra el amor y también un sistema de reglas que esa vida insubordinada y hedonista nunca había aparecido. Esta película está anclada también en un verano que parte las aguas de una vida. Y la edad de los protagonistas (esos dulces y terribles 17), es también un eco común. Esta novela de Sagan fue adaptada por Otto Preminger.

(Apuntes para la columna de Inés en No toquen nada.)


 



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