Inés Bortagaray

La arquitectura de la ficción, o las fotos de Fresnedo Siri

Román Fresnedo Siri fue un arquitecto uruguayo que vivió entre 1903 y 1975. Nació en Salto, vivió varios años en Paraguay, donde fue a la escuela y al liceo, y donde se recibió de agrimensor, hasta 1923, cuando volvió a Montevideo y empezó a estudiar Arquitectura. Se graduó en 1930. Recibió ese mismo año la medalla de oro en el VIII Salón de Arquitectura y comenzó a proyectar viviendas particulares y edificios públicos.

Actualizado: 13 de mayo de 2018 | Por: Inés Bortagaray

Fresnedo Siri era, además de arquitecto, un dibujante, pianista, remero, navegante, y diseñador de muebles, diseñador gráfico, diseñador de embarcaciones. Y fotógrafo. Y no uno cualquiera: un fotógrafo muy talentoso, con una destreza técnica, formal, plástica, compositiva, totalmente extraordinarios.

Además: fue agregado cultural de la embajada uruguaya en Washington, presidió el Centro Cultural de Música

Diseñó edificios importantes en Uruguay y en el mundo.

En Montevideo:
- edificio de Facultad de Arquitectura, junto Mario Muccinelli (inauguración en 1947)
- las casas gemelas para la familia Martirena-Dighiero sobre Ponce (1946, demolidas)
- Palacio de la Luz, sede de UTE
- Tribunas del Hipódromo de Maroñas
- Sanatorio Americano
- Hospital Británico
- Monumento a Luis Batlle Berres

Ganó premios en concursos internacionales para hacer, en Washington, la sede de la
Organización Panamericana de la Salud (en 1961, fue el primer uruguayo que ganó un concurso internacional de arquitectura), y en Porto Alegre, el proyecto del Hipódromo.

LA INVESTIGACIÓN DE RODRÍGUEZ BARILARI

Sensibilizado tras la demolición de las casas Dighiero-Martirena, en la calle Ponce, el fotógrafo uruguayo Ramiro Rodríguez Barilari inició un trabajo de investigación sobre la obra de Fresnedo Siri, y esa investigación lo llevó a hacer varias entrevistas a familiares, que le permitieron ubicar parte del acervo fotográfico del arquitecto, fotos tomadas entre 1930 y 1970, que muestran una faceta desconocida sobre el autor. Parece que durante esa pesquisa que lo llevó a hablar con la familia Ramiro iba escuchando una y otra vez esta afirmación: “¡Román era fotógrafo!ª. El acervo empezó a surgir en negativos, copias, álbumes, formato medio, 35 mm. Ramiro empezó a ordenar y preservar ese material. Empezó con los negativos más deteriorados.

De ese trabajo primoroso sobre un acervo enorme, del sentimiento de pérdida de una huella en la ciudad, nace esta muestra, a modo de resistencia. No voy ahora a referirme a la muestra que Ramiro Rodríguez Barilari montó el año pasado en el CCE, sino a una que todos quienes estén o pasen por Montevideo pueden ver hasta el 21 de mayo, en la Fotogalería de la Ciudad Vieja, pegada al Museo del Carnaval. En esa muestra, que consta de una veintena de fotos, el centro está puesto en el retrato.
Las señoras y señoritas del entorno social de Fresnedo Siri, las deportistas, ¿una musa? (Dora Quincke), personas que el fotógrafo cruza en viajes múltiples (Italia, Estados Unidos) son los pobladores de este paisaje que se monta en la fotogalería, un paisaje que recuerda la ficción, casi como si nos asomáramos a una película y uno fuera un testigo insospechado de una viñeta, de una estampa, que tenía movimiento un instante antes, y que lo tendrá un instante después de nuestra mirada.

Nuestra mirada fija el movimiento y lo que aparece es totalmente vital, y digo vital aunque el foco se haga sobre algo pretendidamente inanimado: tres hombres asoleados en una escena portuaria, con estructuras verticales metálicas escoltándolos, juegos de perspectiva, puntos de vista que recuerdan una cámara subjetiva, a bordo de un auto, contemplando un cuadro hecho de barcos y de grúas, un fragmento edilicio de Maroñas, un espacio vidriado en una casa neoyorkina, con una mujer en un instante de perplejidad, el momento del almuerzo con los Pratt, una mesa familiar, y tras el ventanal, la luz del día y la luz del árbol, una pareja fotografiada en Brasil, la perspectiva cenital de unos remeros avanzando en el Montevideo Rowing Club circa 1935, el salto al agua de un bañista, visto a contraluz, con un cielo ondulado por las nubes, un señor y una niña (¿un abuelo y una nieta?) vistos desde lo bajo, oteando el horizonte, toda una imagen llena de optimismo y de verdad, dos escolares (Raquel y Margarita, sobrinas del arquitecto), asomadas al estanque de la casa familiar, dos mujeres y una niña pescando en un arroyito en medio del campo, dos mujeres deportistas ante el espejo, otras estampas de deporte, llenas de sol y de impulso, una pareja vista en una góndola en Venecia, bañistas en una balsa en Montevideo, Dora bañada por una ola en La Paloma…

LIFE Y MAD MEN

Las imágenes abrieron un monte frondoso de asociaciones: Amorim y su pulsión retratista (que floreció en numerosísimas fotos de viajes y familiares tomadas en el chalet Las Nubes, sí, pero también en los múltiples viajes que emprendió con Esther Haedo entre 1928 y en las siguientes dos décadas), pero también en mis propios abuelos, que por entonces vivían su juventud en Salto, y en la estética ilusionada del American Way of Life (que alrededor de mediados del siglo XX se vivía en Estados Unidos, en medio del apogeo de la publicidad), que aparecía entre las páginas de la revista Life. En una época de mi vida acumulé muchas revistas Life. Heredadas o compradas en Tristán Narvaja, eran un material que yo atesoraba mucho, creo que en el fondo ni sabía por qué, o por una especie de fascinación con la estética de aquellas pobres amas de casa sonrientes, con sus dentaduras saludables y sus rizos rubios, que con un delantal y tacos altos mostraban una tarta de frutas y criaban a todos aquellos niños. Ojo, no estoy diciendo que algo de las fotos tan preciosas de Fresnedo Siri evoque directamente estos universos, pero algo en la contemporaneidad y en una suerte de ilusión tiene este mismo perfume.

Pensar en la revista Life lleva, como quien no quiere la cosa, a una gran serie de ficción que seguramente muchos de ustedes conozcan: Mad Men, y sus siete temporadas siguiendo el recorrido dramático del publicista Don Draper, desde los años sesenta.

La exposición abre estas puertas que a mí me condujeron a la revista Life, a Mad Men, pero las evocaciones continúan, porque ese mundo trae de las narices a John Cheever, que también es más o menos contemporáneo (Estados Unidos, 1912, 1982). Cheever es un escritor estadounidense, autor de varias novelas y de una colección de cuentos completamente geniales, que logran describir con proximidad, con compasión, con ironía, la vida de hombres y mujeres que deben lidiar con la sinrazón de la vida adulta. Mujeres que en los años cincuenta ven partir cada mañana a sus maridos, que salen con el abrigo, el sombrero y el periódico rumbo a la estación de trenes que los llevará desde el suburbio de Nueva York (seguramente New Jersey) a Manhattan, donde trabajarán durante un largo día (un día que tiene trabajo y un poco de alcohol y el contacto con hombres y mujeres que también tienen sus penas y sus anhelos más o menos insatisfechos). Con una prosa afilada, que bajo la superficie de las palabras deja ver un mundo de crisis, de sueños fisurados, de martinis, de piscinas y de familias en la frontera de la infelicidad. Otra vez, como en Mad Men, como en la revista Life, no es que estas imágenes que integran la exposición curada por Ramiro Rodríguez Barilari cuenten esto, pero sin duda la contemporaneidad, la visión estilizada y elegante de una clase social y de un mundo burbujeante y vigoroso, guarda en su reverso estas otras impresiones más desencantadas, que en mi caso enseguida aparecieron como evocación.

PIERRE FOSSEY

Y la muestra también me hizo pensar en Pierre Fossey, un ilustrador francés que también es totalmente contemporáneo a Fresnedo Siri (1901, 1976). A lo largo de centenares de dibujos y acuarelas Fossey retrató al Montevideo tan europeizado de los años 40 y 50. Sus edificios, sus playas, sus balcones, las rejas, las esquinas, sus plazas y plazuelas, fueron un testimonio diáfano de los modos en que los habitantes de la ciudad se vestían, iban y venían. El Uruguay de las vacas gordas aparece contado con una precisión totalmente deslumbrante.

Un francés que había viajado por todo el mundo retratando paisajes urbanos y humanos, un retratistas (en telas, papeles, cartones) de todo lo que veía, estudió Arquitectura y recaló en Montevideo para casarse en 1938 con una uruguaya llamada Itumelia García. Anduvo por todos los barrios y retrató Carrasco, Punta del Este y Montevideo. Editó algunos libros con sus láminas, y realizó reconstrucciones de Montevideo antiguo a partir de fotografías. Fossey murió en 1976 en Montevideo. Se encuentra poca información de él en Internet (yo encontré un artículo extraído de El País Cultural de enero de 2006).

El aporte de Fossey a la arquitectura uruguaya es enorme: documentación para reconstruir el pasado edilicio de Montevideo. En el libro de Fossey que tenemos en casa hay un prólogo de Alfredo Mario Ferreiro que inicia así: “He aquí un álbum de presencias. Del lápiz de Pierre Fossey gotearon estas formas de la forma de una ciudad que es Montevideo, a la que es necesario perpetuar en los sucesivos aspectos. Hora por hora; día por día; semana a semana; mes a mes; año a año. Esa es la labor que deben imponerse y cumplir los que la valoran realmente. Los que saben de su belleza”.

Creo que Fossey y Fresnedo Siri son parientes en este afán de observar y testimoniar el mundo que les resultaba cercano.

Volviendo a esta muestra, creo que es una oportunidad de conocer un acervo personal, los usos y las costumbres del mundo privado de una clase social que si bien tenía oportunidad de fotografiarse, de retratarse, no necesariamente ha abierto esos álbumes a los ojos de los otros, nosotros (estoy pensando también en Enrique Amorim, más o menos contemporáneo, otro salteño).

Con el apoyo conceptual y técnico del Centro de Fotografía en las etapas de digitalización y posproducción, la iniciativa, declarada de interés nacional y con el apoyo de varios ministerios, contó también con el auspicio de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay, de la FARQ, de AECID y de UNESCO, también contó con un Fondo Concursable para la Cultura (2016) y de los Fondos de Incentivo Cultural (2017).



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