Gabriel Quirici

50 años del asesinato de M. L. King: la perversión del racismo y la potencialidad de las utopías colectivas

MLK50 permite recordar uno de los episodios más duros de la triste década de los 60 en EEUU y quizá el primer hito del agitado 68’.

Actualizado: 07 de abril de 2018 | Por: Gabriel Quirici

Los sesenta en EEUU fueron una etapa crítica y compleja. Una serie de asesinatos políticos (el magnicidio a JFK, Malcom X, el reverendo King, el candidato Robert Kennedy) son los picos elevados de una cordillera tumultuosa que enfrentó a la sociedad norteamericana en medio de la Guerra de Vietnam, los intentos de invadir Cuba y el agotamiento de su “edad dorada” del capitalismo sacudida por las luchas por los derechos civiles y las protestas estudiantiles.

EEUU se presentaba hacia afuera como paladín de la democracia y el “mundo libre” frente al totalitarismo comunista. Pero esta imagen publicitada desde el Departamento de Estado y algunas líneas de acción cultural (revistas y películas) se contradecía con su accionar bélico en Asia y su política interior respecto a los ciudadanos negros. Persistían las leyes Jim Crow y el concepto de “iguales pero separados” para infinidad de áreas: el espacio público, el transporte, los empleos, las escuelas, el voto, la integración de los jurados y las oportunidades económicas.

En aquel contexto fue que se desarrolló la actividad de Martin Luther King, un reverendo bautista, doctorado en teología que tomando elementos del movimiento descolonizador (especialmente de Gandhi) y de las luchas sindicales, se convirtió en referencia norteamericana y mundial por su prédica contra el racismo a través de la no violencia.

Tras haber sido Premio Nobel de la Paz y artífice directo de los actos que presionaron a los gobiernos de Kennedy y Johnson para ampliar la agenda de derechos, aquel pastor de Atlanta amplió sus protestas en contra de la guerra de Vietnam y en contra de la pobreza. Declarado enemigo “favorable” al comunismo por el FBI, a sus 39 años.

Si bien desde el final de la Guerra Mundial la cuestión racial tuvo apariciones en la escena pública, y el propio Truman creó una comisión de Derechos Civiles, la oleada macartista detuvo las posibilidades de que esta agenda avanzara ya que se asociaba rápidamente cualquier planteo de reforma social con ser comunista y sus activistas eran marcados como enemigos públicos.

Pero a partir de 1955 comenzaría una década de luchas que culminaría con la obtención de la ley de Derechos Civiles en 1964 y la ley de registro libre para el voto en 1965. El punto de inflexión fue el boicot al transporte público y sus asientos para blancos. Luego de que la policía detuviera a Rosa Parks por negarse a ceder un asiento a un blanco, el joven reverendo King organizó una movida de protesta para que los negros dejaran de usar los autobuses segregados y esto trajo consigo una rápida caída de las recaudaciones de estas empresas (los que más tomaban ómnibus para ir a trabajar eran los negros) y tejió redes de solidaridad entre la comunidad negra, organizando salidas colectivas, caminatas, alquilando caminonetas, como forma de hacer efectivo el boicot y no perder jornales. La pulseada fue ganada por el movimiento y a partir de allí debieron compartir los blancos sus asientos.

Paralelamente abogados negros planteaban recursos en contra de las escuelas y liceos segregados (las instalaciones para negros eran muy inferiores en calidad y recursos) obteniendo sanciones legales favorables que a nivel federal obligaban a los Estados del Sur a aceptar estudiantes negros en sus escuelas para blancos.

El movimiento adquiría fuerza. Fueron estudiantes y jóvenes los que dieron un nuevo paso, esta vez al sentarse: los famosos “sit in” (sentadas) frente a bares y cafeterías que no atendían a negros, tuvieron un impacto mediático muy fuerte, ya que la represión social (los blancos racistas escupían y apaleaban a los protestantes pacíficos) y policial desproporcionada, generó más simpatías y preocupación en la mayoría de la sociedad norteamericana. Lo mismo ocurrió con los viajeros de la libertad (“freedom raiders”) que se atrevieron a hacer viajes interestatales en buses alquilados por negros, y eran recibidos con golpizas y carteles intimidatorios ante la mirada pasiva de las policías locales.

En todas estas movidas estuvo Martin Luther King. Viajaba a dar charlas y apoyo a los manifestantes y heridos, promovía nuevos grupos de comités no violentos en universidades, parroquias y barrios, encaraba negociaciones directas con las autoridades, yendo al frente de las protestas y siendo encarcelado varias veces.

No era el único líder ni representaba la única tendencia, pero su imagen y su discurso rompieron con el estereotipo de la sociedad racista respecto al negro: el reverendo era un joven cristiano, educado, doctorado en teología, elegante, muy buen orador, en absoluto vengativo o radicalista, y no predicaba el odio sino el amor.

Y lo del amor no fue cursilería. La cuestión de la no violencia y la resistencia pacífica resultó ser un poderosa estrategia para los discriminados porque desarmaba la idea de que a los negros había que tenerlos sometidos porque si no esos salvajes diablos iban a matar y robar. King ofrecía dignidad, resistencia y una convivencia mejor en el marco de una cultura democrática inspirada en valores cristianos y americanos. No era rupturista sino más bien progresista. Quería sumar a la humanidad y no restar.

Al mismo tiempo, su propuesta era cuidadosa con los propios miembros del movimiento. Si bien se exponían con su presencia y su cuerpo a la represión policial, no desarrollaban prácticas de enfrentamiento violento que pudieran llegar a un grado de exposición alarmante. Hay que recordar que además de la represión institucional y social a la vista, el KKK operaba de forma encubierta con atentados con bombas, incendio de hogares y asesinatos de líderes y niños. De forma tal que ir a la pelea de frente haciendo base en la rabia y la humillación podría haber resultado una forma poco eficaz y menos inclusiva para los propios negros. Fue una creación más audaz e inteligente. Y esto también era una bofetada directa a la idea de que los negros no era capaces de organizarse ni de proponer nada porque no estaban capacitados para ello.

Por eso, para las mentes recalcitrantes y racistas, Martin Luther King era el peor de todos. No había forma de rebatir sus argumentos ni de cuestionar sus acciones que claramente iban en contra de una legalidad injusta y vergonzante. Así fue que el Director del FBI, Hoover, lo declaró “el mayor embustero de la nación” e intentó (sin éxito) marcarlo como comunista o agente al servicio de la URSS. Realizando más de 250 acciones de espionaje y chantaje en contra del reverendo.

Pero 250…mil fueron las personas que se reunieron frente a la Casa Blanca en la “Marcha sobre Washington” para reclamar por una ley de derechos civiles y terminar con la segregación. Tal demostración de convicción y apoyos, tal capacidad de presión y razones, terminaron en la obtención de la reforma legal, la declaración la revista Time de “hombre del año” para King y la posterior entrega del Nobel de la Paz en el 64.

En el 65 desde las marchas en Selma para poder obtener el registro legal de votantes negros, la nueva represión transmitida por televisión, conocida como “domingo sangriento” logró que el movimiento pudiera presionar para que eliminaran las barreras para la inscripción electoral de los negros. Y el presidente Johnson terminó anunciando la medida con la popular frase de lucha de los derechos civiles “We shall overcome”.

Quizás esos fueron los años de mayores logros, no sin contratiempos (prisiones, muerte de militantes e inocentes, amenazas y espionaje) pero hacia 1965 las metas legales parecían haberse alcanzado. Estaba claro también que los temores eran mayores: habían matado al mismísimo presidente a fines del 63 y a otro de los líderes negros destacados, Malcom X (y luego de haber abandonado posturas radicales) en el propio 65…

De todas formas, la distancia entre lo político legal y las realidades concretas de la discriminación seguían vigentes. Los abusos policiales, la postergación económica y las condiciones de vivienda de los negros era parte de un sistema más profundo que el jurídico.

Los “veranos calientes” de 1966 y 1967 confirmaron esta percepción, más de 100 negros muertos en jornadas de saqueos, barricadas y avanzadas de las tropas de la Guardia Nacional en varias ciudades del norte.

Luther King estaba cansado, otras ramas del movimiento (los Panteras Negras, el “Black Power”) decían que había que ir al enfrentamiento y cuestionaban su liderazgo. La prensa blanca también. Su entorno dudaba y él mismo sentía que las cosas ya no eran como antes y que no faltaba por hacer. Para colmo, el FBI seguía chantajeándolo con sus escuchas de conversaciones extramatrimoniales y con sugerencias de suicidio. Tenía miedo de morir, no se consideraba un héroe. Pero al mismo tiempo, la experiencia acumulada, la responsabilidad de mantener la lucidez del movimiento lo llevó planificar una nueva estrategia. Se declaró públicamente en contra de la guerra de Vietnam y de la injusta distribución de la riqueza en el capitalismo. Su lucha ahora sería por la paz y contra la pobreza.

Para ello planificaron una serie de acciones que culminarían en mayo del 68 con una segunda marcha pacífica sobre Washington, pero esta vez el reclamo iba a ser directo “30 mil millones para terminar con la pobreza”. El presidente Johnson le retiró públicamente su amistad. Hoover “confirmó” que era un negro comunista y dejaron operar a los blancos más racistas para que fueran tras sus pasos.

En medio de este último proceso, King accedió a apoyar a los basureros negros de Memphis, fue el 22 de marzo y unos radicales armaron lío al final de la marcha. La prensa y su círculo íntimo sugería que no debía seguir con sus planes. Pero redobló la apuesta. Dijo, hagamos una nueva marcha pacífica en Memphis, demostremos que cuando lideramos el movimiento tenemos razón y hacemos las cosas con orden y justos reclamos, y fue de nuevo el 29 de marzo. Así lo hizo, las cosas salieron bien, dio una serie de conferencias previas y como si el guionista de dios estuviera anticipando la próxima jugada, en el que no sabía que iba a ser su último discurso público, se animó a compartir sus temores.

“No sé lo que va a suceder ahora, tenemos tiempos difíciles por delante, pero realmente no me importa. Porque he estado en la cima de la montaña. Como a cualquiera, me gustaría vivir una larga vida. La longevidad es importante, pero ahora mismo no estoy preocupado por eso. Sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir a la cima de la montaña. He mirado a lo lejos y he visto la Tierra Prometida. Puede que no consiga llegar allí con vosotros. Pero quiero que sepáis esta noche que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida. Así que esta noche estoy feliz. No estoy preocupado por nada, no le temo a ningún hombre, ¡mis ojos han contemplado la gloria de la llegada del Señor!”

Parece que al día siguiente, estaba de buen ánimo y le dijo a uno de sus colaboradores que esa noche quería cantar “Preciuos Lord take my hand”, unos de sus Gosspel favoritos, pero los disparos desde el otro balcón del hotel no lo permitieron.

Así recuerda el diario La Vanguardia la reacción popular:

“4-11 de abril de 1968: Tras el asesinato del reverendo Martin Luther King en Memphis (Tennessee), la violencia estalló en 125 ciudades, muriendo al menos 46 personas resultando heridas unas 2.600. Hubo incendios y saqueos en Washington. Al día siguiente, la lucha se extendió a comercios de los distritos centrales y hasta 500 metros de la Casa Blanca. El presidente Lyndon B. Johnson hizo un llamamiento a la 82 División Aerotransportada, una división de élite del ejército de Estados Unidos. El ejército también intervino en una serie de ciudades como Chicago, Boston, Newark, Cincinnati”

La muerte de King cerraba trágicamente la lucha por los derechos civiles y cortaba la carrera política de uno de sus principales referentes. El sueño se convirtió en pesadilla, pero el legado de la obra colectiva trascendió el drama. Y si bien los EEUU persisten en demostrar la existencia bastiones culturales racistas de importancia, la situación de los negros tras la década de lucha de King cambió.

No fue un triunfo definitivo por cierto. Pero si una clara demostración de que los actores políticos emergidos de los sectores sociales oprimidos y marginados son capaces de idear alternativas políticas novedosas e inclusivas de una fuerza histórica destacable.

Muchas veces cuando tratamos estos temas, surge la reacción emotiva que dice: pero en definitiva lo mataron y no cambió casi nada. Si bien es entendible el sentir de esa reacción creo que es incorrecta históricamente e injusta con los protagonistas de tales luchas. Su accionar y su muerte demuestran en realidad lo perverso e inhumano del racismo y la potencialidad redentora de la luchas genuinas inspiradas en el amor a los otros, pues el “dream” de aquel reverendo, fue un utopía inclusiva que permitió caminar. Y que todavía convoca.



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