Maximiliano Guerra

El pequeño país y la marea negra

Una novela inesperadamente luminosa sobre la vida antes, durante y después del horror.

Actualizado: 25 de mayo de 2018 | Por: Maximiliano Guerra

Gaël Faye era una figura emergente del hip hop francés.
En 2013 lanzó su primer disco solista: Pili pili sur un croissant et beurre.
El Pili pili es un picante africano, su encuentro con un croissant con manteca devela el mestizaje de Faye: nació en Burundi, de padre francés y madre ruandesa.
A los 13 años tuvo que exiliarse en Francia huyendo del genocidio tutsi de 1994, que destruyó Ruanda y sacudió al vecino Burundi.


“Durante toda mi vida, la gente no ha sabido cómo interpretarme. No se entiende mi hibridez. No soy blanco, pero tampoco negro. He vivido en las calles polvorientas de Burundi y en las avenidas aristócratas de Versalles. Hago rap, pero estudié económicas y trabajé en un fondo de inversiones de la City de Londres” afirmaba Faye en una entrevista para El País de Madrid.

Una de las canciones del disco se titula Petit pays. El pequeño país es Burundi, pero también su infancia antes de la guerra. Tres años después tomó ese Pequeño país* y escribió una novela que se convirtió en un éxito inesperado, vendiendo 700.000 ejemplares y ganándose a la crítica francesa.

Al comienzo de la novela Gabriel, el narrador y protagonista, no logra entender la diferencia entre hutus y tutsis. Interroga a su padre: ¿Es porque no tienen el mismo territorio? ¿Es porque no hablan la misma lengua? ¿Porque no creen en el mismo Dios? Nada de eso. ¿Entonces? El padre sale del paso como puede: “Es porque no tienen la misma nariz”. Los hutus son “más numerosos, bajitos y tienen la nariz ancha”, los tutsis “son altos y flacos, con la nariz fina y nunca se sabe lo que les pasa por la cabeza.”

En su breve Conferencia sobre Ruanda**, Ryszard Kapuscinski traza el mapa de la divergencia histórica entre hutus y tutsis, más allá de las narices, y de cómo desembocó en un genocidio en el que en solo tres meses murieron entre 500.000 y 1.000.000 de personas. “La mayoría no murió abatida por las bombas y las ametralladoras, sino que cayó descuartizada y machacada por armas de lo más primitivo: machetes, martillos, lanzas y palos.” Lo importante de esa forma de exterminio, explica Kapuscinski, “era que todo el mundo cometiese asesinatos, que el crimen fuese producto de una acción de masas, en cierto modo popular y hasta espontánea, en la cual participarían todos; que no existiesen manos que no se hubieran manchado con la sangre de aquellos que el régimen consideraba enemigos”

Esa sangre salpica la novela, pero no la ahoga.

En poco más de 200 páginas Faye logra un extraño equilibrio entre la pesadez de la historia de fondo y el humor y el cariño con el que evoca su tierra y su infancia.

Si como dice el narrador “El genocidio es una marea negra: quienes no se ahogan van cubiertos de petróleo durante toda la vida”, el primer objetivo de Pequeño país es sacar a la luz los recuerdos antes de la marea negra: una niñez despreocupada en un punto perdido entre los Grandes Lagos de África.

Luego está el avance silencioso de una guerra anunciada, la manera en que la tensión invade cada uno de los aspectos de la vida cotidiana: las conversaciones, las relaciones; cómo la radio pasa de ser una alegre banda sonora a un altavoz que llama a la muerte de todas “las cucarachas”, es decir, los tutsis.

Gaël Faye comenzó a escribir Pequeño país para darle forma a todos los recuerdos e ideas que no lograba condensar en sus canciones, sin embargo el espíritu de la novela ya se adivinaba en aquella Petit pays: Hubo que reconstruir / mi pequeño país sobre osamentas / de fosas comunes / y pesadillas que no cesan. / Pequeño país / hacerte sonreír será mi redención / te ofrezco mi vida / empiezo por esta canción.

* PEQUEÑO PAÍS, Gaël Faye. Salamandra (2018)

** ÉBANO, Ryszard Kapuscinski. Anagrama (2000)



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