Denise Mota

El camión del odio a Temer

La paralización de los camioneros empieza a aflojar en Brasil, después de diez días. Pero, aunque la situación general en el país -- tanto en el acceso a combustibles, alimentos y artículos de primerísima necesidad (como medicamentos) como en la circulación por las rutas nacionales-- haya mejorado, la huelga de los trabajadores de Petrobras (iniciada este miércoles y prevista para extenderse en principio por 72 horas) agrega más leña a la hoguera en el tema de fondo de todo este movimiento: la política de precios adoptada por la estatal, que acompaña las oscilaciones de los valores del petróleo y sus derivados en el mercado internacional y la variación del dólar.

Actualizado: 31 de mayo de 2018 | Por: Denise Mota

En comparación con el planteo corporativo de los camioneros (o de sus patrones: bajar el precio del diesel, algo que ya lograron por 60 días al inicio de esta semana, así como mantener beneficios fiscales), la exigencia de los petroleros es más incisiva y tiene efectos sobre una franja mucho más amplia de brasileños: piden reducción en el precio del gas de cocina y de los combustibles en general, y la salida del presidente de Petrobras, Pedro Parente. Inmutable en medio del caos, Parente ya avisó que su política de reajuste, iniciada en julio del año pasado, no va a cambiar.

En los días iniciales de la paralización, Temer vociferó y amenazó con Ejército y prisiones, y la protesta ganó aún más fuerza. Los empleados de la Policía Federal difundieron un comunicado para garantizar que no serían “brazo armado” del presidente. Todos los candidatos presidenciales hicieron cola para atacar al mandatario. Y hasta Xuxa publicó en las redes que apoyaba a los camioneros.

Concentrados en Europa para su primer amistoso contra Croacia, jugadores como el lateral derecho Danilo o el veterano Thiago Silva salieron del castillo de cristal en donde suelen encapsularse las estrellas de la selección en momentos de crisis nacional para decir que Brasil vive un momento “triste” y que los huelguistas tienen razón. “Lo que veo es que lo que la población produce en términos de impuestos no lo recibe de vuelta en beneficios”, disparó Danilo, probable sustituto de Dani Alves en el Mundial, en medio de preguntas sobre su adaptación en Inglaterra con el Manchester City.

Y es que todos odian a Temer. Por convicción, por conveniencia, por sobrevivencia, por imitación, por oportunismo, por inercia. Presidente con la popularidad más baja de la historia de Brasil desde la redemocratización, el exvice de Dilma Rousseff terminó cediendo al ver que, aunque perjudicada, la población encontró en la huelga (o en el lockout) un canal para expresar su rabia con el comando del país. La gente no está a favor de los camioneros. La gente está en contra de Temer. De ahí que representantes de intereses no sólo distintos sino antagónicos se hayan subido al camión del sentimiento generalizado de explotación e injusticia (en este caso, tributaria), tal como lo dijo Danilo, hijo de un camionero.

Las medidas anunciadas para terminar el paro costarán 10.000 millones de reales (alrededor de 3.000 millones de dólares) a los cofres públicos. Parte de la fórmula para la baja del diesel será dejar de recaudar, a través de la composición del precio del combustible, tributos federales destinados, por ejemplo, a la seguridad social de los trabajadores.

Una encuesta Datafolha difundida este miércoles muestra que 87% de los brasileños apoya la huelga y que 56% desea que la paralización siga, sin importar si hubo acuerdo, o si está orquestada por empresarios, o si empezó a ser cooptada por milicias o ideologías pro intervención militar. Lo de ahora hace recordar parcialmente a las protestas de junio de 2013, por el aumento de la violencia en los actos y discursos, además de la ausencia de liderazgos claramente identificables, por ejemplo.

Pero el mismo sondeo señala también que 87% desaprueba la solución encontrada por el gobierno con recursos que saldrán, como suele pasar, del bolsillo del contribuyente. Y, como ya era esperado, los encuestados opinan que el gran culpado por la crisis es el presidente: para 77% él manejó mal el conflicto; para 96% demoró mucho en reaccionar.

Desorientado, desarticulado, indeseado y expuesto visceralmente en toda su debilidad, hoy la principal fortaleza del gobierno Temer es que falta poco para que se termine.

 



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