Gabriel Quirici

Rusia: una historia que no conoce la moderación

Dice Jean Meyer en su obra “Rusia y sus imperios”: “La historia del pueblo ruso, disperso sobre inmensos espacios, ligado a una multitud de pueblos, no ha conocido hasta ahora la moderación. “Arranques a caballo y paradas a burro”, revolución y estancamiento, los extremos siempre. Las paradojas siempre. Así sucede con los cosacos, nacidos del deseo de libertad, de huida lejos de la opresión, que se convirtieron en instrumento de represión del estado ruso, el símbolo de la autocracia zarista. El pueblo ruso ha sido uno de los más religiosos, y de los más ateos cuando el ateísmo se transformó en religión militante”.

Actualizado: 23 de junio de 2018 | Por: Gabriel Quirici

La mirada de larga duración permite trazar algunas de estas contradicciones:

- Todos los invadían y terminaron por ser el estado más grande del mundo

- Pasaron de las hordas de Jinetes al absolutismo más duradero

- Del feudalismo más extendido y rural con calendario atrasado a primera potencia espacial

- Nunca triunfaba una revolución y al final hicieron la más radical conocida hasta el presente

“Escandinobizancia”

Los eslavos andaban por allí desde el siglo VI, pero son muchos, y fueron teniendo diferente rumbo (polacos, checos, serbios… rusos). Los rusos son fundamentalmente eslavos, pero eso no es lo único. En su formación como pueblo, cultura y civilización fueron atravesados por (y ellos también atravesaron a) muchos otros pueblos, con grandes sufrimientos y capacidad de resistencia, adaptación, y expansión, tales que, les convirtieron en el estado más grande del mundo, con pretensiones de ser la tercera Roma de la cristiandad y de ahí que la idea de Zar sea la traducción al ruso de la palabra César, sinónimo de emperador universal.

Es que se trata de un pueblo eslavo, de los muchos que venían desde el centro de Asia, que quedó a las puertas de Europa oriental. Otros siguieron hasta al sur, a esos los conocemos como yugoeslavos (que quiere decir eso, “eslavos del sur”). Pero estos se quedaron ahí, en el medio del medio. Entre los nórdicos escandinavos y los bizantinos al sur. Con los polacos católicos al oeste y los tártaros mongoles al este. Rodeados por un conjunto de pueblos y culturas, algunas más avanzadas militar y económicamente, fueron sufriendo ataques y combinaciones que darían lugar a una civilización.

Se puede trazar una línea de norte a sur entre Novgorod y Kiev en donde los ubicamos, y paulatinamente fueron incorporando elementos de la cultura de los vikingos (a quienes llamaban “Varegos”), con quienes tenían tanto comercio como enfrentamientos. Hacia el siglo XI eligieron a un príncipe escandinavo, llamado Rurik para que gobernara Kiev. Tuvo buena onda y don de mando, y desde allí se empezó hablar de los Rurirks, luego de los Rusis, y al lugar se le denominó “el Rus de Kiev”. De allí el gentilicio de rusos y la primera dinastía mítica y el antepasado común.

Un descendiente de Rurirk, llamado Valdimir optó por convertirse al cristianismo ortodoxo en 988. Buscaba con la religión avanzada y espectacular de Bizancio tener mayores elementos para legitimar su mando e imponer normas de convivencia menos brutales, como las tradiciones justas de penas a través de venganzas de sangre o las peleas de osos. Así que se bautizó y prontamente se incorporó un nuevo elemento a la mezcla eslavo-escandiniva… la religión ortodoxa. Los rusos la acogieron bien y le sumaron su propio alfabeto a partir de la formulación de una variante del griego que el cura Cirilo llevó a sus tierras (y de ahí el nombre de alfabeto cirílico). Con él, el hijo de Vladimir, Yarolsav decidió escribir una serie de normas, conocidas como la primera codificación rusa o “Pravda”, que muchos traducen como verdad pero que también significa justicia o moral correcta (inspirada además en preceptos religiosos).

Así que tenemos un origen, cual mamushkas que uno va abriendo, del pueblo ruso en Ucraina mezclado con suecos y griegos, de tradiciones tribales y ritos modernos con alfabeto propio.

Otra vez Meyer apunta: “Desde el punto de vista lingüístico Rusia es muy homogénea, y se habla el mismo ruso desde Vladivostok a San Petesburgo. Si existe una frontera no es la imaginaria que separa a Europa de Asia, sino la que opone el norte al sur. Del norte vino la influencia histórica escandinava; del sur, la influencia bizantina; del norte, el Estado; del sur el cristianismo, hasta tal punto que el hsitoriador Dimitri Lijachev propuso calificar a la antigua Russ como “escandinobizancia”.

Del Rus de Kiev al Zar de Moscú y los intentos de occidentalización

Los herederos de Yarolsav se pelearon y no se mantuvo la unidad política pero si la cultural. Tres enemigos atacaban periódicamente a los “ruskis”: suecos, polacos y mongoles. Estos últimos, forjadores del imperio más extenso que conoció la historia con Gengis Jan por el siglo XII terminaron por invadir Kiev y asolar a los rusos. Formaron una sección del imperio mongol en su tierra conocida como la “Horda de Oro” que tras los saqueos iniciales, toleró la permanencia de la religión ortodoxa e innovó en la forma de recaudar impuestos exigiendo censos de población y la formación de una elite diferencia y de un burocracia administrativa que permitiera tener datos fiables de los súbditos.

Mientras el Rus de Kiev caía, la ciudad fortificada de Moscovia, fundada en 1147, ascendía en importancia militar y comercial. Desde allí comenzaron las primeras resistencias y para el siglo XV la centralidad del pueblo ruso pasaba por ella. Luego de frenar a los suecos y colaborar con la caída de los mongoles, Iván IV (o Juan cuarto) al que apodaron “el terrible”, decidió que pasaría a llamarse Zar (que quiere decir “César” en ruso) su cargo y que los hijos de los nobles y comerciantes rusos (conocidos como los boyardos) deberían pasar por un suerte convivencia forzada en la corte para que las familias mostraran respeto y lealtad. A fuerza de personalidad, violencia, éxitos militares e innovación política, Iván construyó la primera monarquía moderna de Rusia y recuperó territorios más allá incluso de lo que fuera el Rus de Kiev.

Con la incorporación de elementos mongoles y ucranianos (los cosacos eran guerreros libres de aquella zona) y la confirmación de Moscú como eje, un nuevo enemigo se venía: los turcos, que habían tomado Constantinopla (1453). La caída del Imperio Bizantino sirvió como alerta para fortalecer la monarquía y reforzar aún más las convicciones ortodoxas como pilares de la identidad rusa: gobernantes, sacerdotes e intelectuales dijeron sentir el llamado de continuidad, ahora Rusia debía ser el guardián de la verdadera Fé. Había caído Roma en 476 bajo los bárbaros, caía ahora Bizancio con los otomanos… solo quedaba una copia fiel del original, el Zar de Moscú.

Pero Iván murió y la cosa se complicó. Lío entre clanes, llaman otra vez a un sueco para que venga a gobernar, rebelión de los campesinos, un guerrero llamado Dimitri dice ser heredero del Zar y casí llega al poder, invaden los polacos… hasta que los boyardos de Moscú se deciden por arreglar aquellos “tiempos de tumultos” y deciden que una de las familias más ricas tome el trono: Miguelito Romanov (Mijaíl tenía 16 años) arranca en 1613 la dinastía que llegará hasta el final del Imperio y que tendrá en Pedro y Catalina (los “grandes” del siglo XVIII) su última expansión, hasta Europa y América: conquistarán Siberia, Alaska y fundarán San Petesburgo, tratando de occidentalizar y afrancesar su cultura, sin perder de vista que Rey y religión son dos pilares sobre los que se asienta la consolidación del estado.

Un estado enorme, con más siervos que los propios nobles, con esclavos e industrias (en Rusia lo público siempre fue más que lo privado) pero un estado absolutista e ilustrado (Catalina se carteaba con Voltaire y Diderot) pero que no dejaría jamás triunfar una revolución. Que las hubo, como la de Pugachov contra Catalina, reivindicando al Zar anterior asesinado (por su esposa Catalina) y declarando la libertad de los siervos. Pero Pugachov fue apresado y descuartizado atado a cuatro caballos. Por lo que el poder del zarismo se mantuvo.

Hasta que invadió Napoleón. Un enemigo moderno, de más lejos y más avanzado, que ganó pero perdió contra el “general invierno” y otra vez se consolidó la idea de que a la “madre Rusia” no le ganaban ni las revoluciones de la modernidad.



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