Alejandro Balbis: un introspectivo bárbaro

El cantautor uruguayo residente en Buenos Aires, quien maduró su música a fuego lento durante más de una década antes de sacar su primer disco este año, está en Montevideo una vez más. Cuando viene a su ciudad, en esta ocasión para ejercer el deber cívico, aprovecha para tocar en versión intimista con su guitarra en boliches y pubs del circuito nocturno. 180 dialogó con Balbis antes de su actuación en un Tras Bambalinas colmado de público que lo aguardaba expectante.

Actualizado: 24 de octubre de 2009 —  Por: Valeria Tanco

Alejandro Balbis: un introspectivo bárbaro

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Por tu pasado frondoso de murguista tenés tabla acumulada con colectivos. Ahora, aún cuando es acompañado de una banda, ¿cómo es para vos estar solo en el escenario?

No es lo mismo para nada. Te sentís un poco solo, pero no exclusivamente por el hecho físico de estar solo en el escenario como hoy. Es difícil que alguien que no haya pasado por lo mismo te entienda. Me pasa de todo, no sé cómo explicarlo. Hoy en día tengo en la cabeza, sin que me quite el sueño, el tema de la ética en el desempeño. Tener cuidado y ser responsable con lo que decís en el escenario, lo que escribís, lo que hacés, de lo que tenés puesto, lo que respondés a alguien que te hace una pregunta que te parece tonta y espera lo mejor de vos. Es una responsabilidad zarpada. No es que me pese, es que veo la verdadera importancia que tiene. Si no te movés con una ética estás en el horno, sos una bomba de tiempo. Antes no se me pasaba por la cabeza porque era un pendejo ególatra insoportable, un soberbio. Pero se puede aprender a ser distinto.

Quien conoce su trayectoria, quien lo vio en su etapa de murguista en la cuerda de segundos y luego como director, puede reconocer que este hombre aprendió a ser distinto. Del murguista al solista hubo un camino plagado de subidas y bajadas, desvíos, descansos, curvas y piedras. En el trayecto algo cambió, el animal mudó su piel, guardó las garras y se replegó.

Se podría decir que hasta el 2001 fuiste una persona y después otra, ¿qué te pasó?

Del 2001 al 2004 fue una época de cambios grandes. Primero me pasó lo que le pasó a todo el mundo en el 2001, la crisis económica, el atentado a las Torres Gemelas. Todo eso me hizo pensar mucho. Me hizo ver cosas que antes no entendía, o que estaban ahí latentes, esperando su momento. Todos sabemos que algo va a pasar. Tampoco quiero comerme lo del calentamiento global, cuando hay tanta propaganda en torno a algo empiezo a dudar de ello. Pero no precisamos del calentamiento global para darnos cuenta que algo grande va a pasar acá. No estar alerta y dar por sentado que el agua calentita va a salir de tu ducha es una irresponsabilidad total. Es parte del compromiso con nuestro tiempo. Eso entendí en el 2001. En cualquier momento volamos todos a la mierda y vos quedás vivo en un mundo… ¿qué vas a hacer? Tocar la guitarra, por lo menos a la gente siempre le va a gustar que alguien toque la guitarra.

A nivel personal, en ese período se muere mi viejo, antes mi madre. Quedé solo en el mundo. Hacia arriba, ¿no? Es lo peor, estás acompañado solo hacia abajo, sin contención hacia arriba. Y eso te convierte en otra persona. Fue un poco difícil en esa época, me agarró viviendo en otro país. Por suerte estaba en pareja y ella me ayudó mucho.

En el 2004, enseguida de que se muere su padre, Balbis ve “El gran pez” de Tim Burton. Como sucede a veces con la literatura, la música y el cine, la película le llega en el momento justo. Es tan grande el cimbronazo que Balbis compone una canción sobre la historia que luego también da el nombre a su disco.

En la película “El Gran Pez”, ¿cuál de los personajes sos vos?

Ninguno. No me identifiqué mucho con el personaje del hijo porque descreía mucho de su padre. Sí encontré en el protagonista, Edward, a mi propio padre. Ese fue el gancho del asunto. Pero igual en la letra de mi canción está la figura del hijo. No nombrado específicamente, pero está en la conceptualidad de que el tipo vino a contar una historia. La distancia entre los cuentos y los acontecimientos/ ni más ni menos que una versión. El padre que cuenta la historia de su vida desde su versión sobre las cosas. Eso es lo que termina entendiendo su propio hijo después en la película. En ese sentido, nosotros estudiamos la historia de la humanidad como si hubiera sucedido de determinada manera y en realidad por lo general es la versión del que ganó. La historia es una novelización de lo que nos pasó como seres humanos.

La murga Los Saltimbanquis, en la cual supiste salir, decía en una presentación “somos bárbaros guerreros”. ¿Cómo y de dónde surge tu necesidad de ir para adentro y emerger hacia otro lado?

De a poquito. Demoré un montón de años… empecé en el 80. No he mirado mucho para ese lado, cómo es que apareció eso. Mi viejo estudiaba una cosa rara que se llama eurística del arte. A grandes rasgos, no sabría explicarlo bien, pero es el estudio de los impulsos que hacen que el ser humano haga arte. Muy interesante. Se mide con parámetros complejos, casi siempre en los pintores. Y uno de los principales motores es el dolor. Cosas que nos duelen de la vida, todos tenemos dolores. Alguna gente los sublima en forma de arte.

Y, específicamente, ¿cómo se encuentran en vos la sutileza, el análisis y la cuestión más rústica y murguera?

Tendría que buscar esa respuesta para que no suene soberbia…, a ver, siempre fui medio outsider de la murga. Estaba, me ponía la camiseta, hacía mi laburo, pero siempre tenía otras cosas. Y eso que me crié en un grupo cuya vida pasaba por ahí exclusivamente (la murga de botijas El Firulete, que después se transformó en Contrafarsa). Un grupo muy sicópata. Era tan así que dos por tres yo salía eyectado, me echaban, me iba, un par de años sin vernos, después volvía. Éramos como un submarino de guerra, la voluntad del grupo era lo más importante, nos costaba mucho conectarnos con el contexto. Eso no te deja evolucionar, no te deja crecer. Igual dentro de su autosuficiencia, fue un grupo que logró una superación artística considerable, logró algo maravilloso.

Pero un grupo grande de personas puede equivocarse. De hecho este país votó a los colorados durante doscientos y pico de años, así que la gente también se equivoca en masa. No puede ser sagrada la voz de nada en este mundo. No creo en nada más poderoso que un ser humano. Y en un grupo de seres humanos con buena mentalidad. Olvídate. Cuando se juntan tipos que están enfocados en algo, mantienen su individualidad y respetan y cuidan la individualidad del otro, y saben conectarse con el medio y con su tiempo.

La inconfundible voz de Balbis es una combinación única de fuerza, profundidad, matices, barro y barrio. Es capaz de desgarrarse, quebrarse, levantarse y embestir en un solo verso. Para el que la escucha, es imposible salir ileso, impoluto.

Tu voz sumada a tu humanidad, rasgos y gestualidad subrayadamente masculinos y un poco toscos, da por resultado una contundencia casi primitiva. Sin embargo, hay una levedad que aparece muy seguido. ¿Cómo trabajaste para llegar a exponer ese lado más vulnerable?

Fue un camino natural para mí, que implicó alejarme del murguista. No es que esté mal ser un murguista, pero la murga hecha con esa forma de submarino de guerra te cierra muchas puertas de aprendizaje y te llena de soberbia. Quedás sumergido en un espiral de autocomplacencia.

No sé, capaz que también tiene que ver con que me tomé veinticinco años para hacer el trabajo. Aprendí muchas cosas. Para poder escribir esto tuve que haber vivido los veinticinco años de tablado, murga, rock, tango, folclore, música electrónica, teatro y todas las cosas que hice. También la calle, el boliche… mucho (hace un gesto parecido a un puchero de niño)

El artista en general saca su primer disco mientras está encontrándose a sí mismo y va haciéndose a si mismo en su discografía. Que yo me tomara tanto tiempo para hacer el disco implica que haya un montón de discos que no hice que me hicieron crecer. Saco mi primer disco cuando ya estoy bastante encontrado conmigo mismo.

Las canciones de Balbis tienen melodías hermosas y ricas. Desde el punto de vista textual, cuentan historias, describen lugares o hablan de relaciones humanas de un modo particular, introspectivo, poético y plantean verdades y conclusiones mínimas desde una simpleza humilde.

¿Cómo surgen tus músicas?

A veces ya me despierto con ellas en la cabeza. A alguna no le he dado bola, y está ahí dos o tres días dando vueltas. Cuando me quiero acordar la estoy silbando y me pregunto por qué sigo con esto, será una canción, a ver (hace gesto de tocar la guitarra). Y a veces salen y otras no. En otros momentos me fuerzo a hacerlas, y han salido buenas también.

¿Y las letras?

Eso ya es distinto, porque soy más inexperto en eso. No escribo hace mucho, hace ocho o diez años nada más.

Por ejemplo, tenés canciones que hablan del fin del amor, de la falta de sincronismo en el amor y que sin embargo celebran lo que fue, lo que es, lo que será…

(Interrumpe) Ahí empezamos a entrar en el plano de lo que no calculaste, lo que empieza a estar implícito y que no calculaste. Qué quise decir, aunque en realidad pienso así, pero… tendría que ir al sicólogo a ver qué me dice.

¿Vas al sicólogo?

Ahora no. Pero fui.

Reformulando, aún cuando hablan de dolor, de frustración y limitación, tus canciones tienen un aire esperanzado, de “final feliz”, ¿te considerás un optimista?

No, para nada. Sí tengo fe. Tengo fe en el amor. Y en el sentido del propósito, el foco, la idea fija. A esas cosas les tengo una fe religiosa.

¿Cómo definirías, con una analogía de cualquier tipo, tu música?

Es como un yuyo silvestre. Y debe tener flor… un yuyito de mierda. La flor es linda y efímera, sale, dura poco, desaparece y después vuelve otra vez.

Balbis planifica su futuro a largo plazo. Tiene más de una veintena de canciones, que piensa pre-producir este verano, seleccionar y grabar el próximo y editar en un disco en el siguiente. Tres años. Como sucedió mucho antes de que saliera “El gran pez”, tal vez en algún momento haya una maqueta del nuevo disco circulando y maravillando a medio Montevideo. Habrá que esperar. Todo a su debido tiempo.