Pablo Martínez nació en Dolores, en el departamento de Soriano. Si bien vivía relativamente cerca de “la Villa”, no era un tema latente para llevar a la pantalla grande.
¿Se te ocurrió hacer un documetal por haber crecido cerca de Villa Soriano?
No, no. Viví en Dolores hasta el 2000, que me vine a estudiar a Montevideo. Pero no tenía ni idea de cómo era la realidad de Villa Soriano, aunque había ido mil veces a dar una vuelta, a tomar mate.
¿Y entonces cómo decidieron hacer el documental?
Fue todo un descubrimiento. Habíamos decidido hacer un documental, pero no sabíamos cuál iba a ser el tema. Empezamos a tirar temas sobre la mesa y se me ocurrió hablar de Villa Soriano, decir que era el primer pueblo del Uruguay. Y fuimos a ver qué hay, qué se podía contar.
¿Por qué optaron de antemano por hacer un documental?
Ya habíamos hecho un documental (Semillita) y nos había ido bastante bien, nos había gustado mucho. El documental te permite trabajar con menos presupuesto y con otros tiempos que en la ficción son imposibles. Además, no teníamos ni idea de lo que era presentarnos a un fondo, concursar…
¿Cómo la financiaron?
Los fondos que conseguimos fueron apoyos de empresas que confiaron en nosotros y de la Intendencia de Soriano: fueron los únicos que pusieron dinero. Después hubo otras empresas y la Universidad, por ejemplo, nos prestaron equipamiento y nos brindaron servicios, como los traslados hasta Soriano.
Lo único que teníamos era toda la investigación periodística ya hecha, además de que ya sabíamos cómo filmar un documental. Pero no teníamos conocimiento de lo que implicaba filmar un largo: pensábamos que en un año íbamos a estrenar y nos llevó tres.
De todas formas, más allá de que no sabíamos cómo hacer muchísimas cosas, estamos muy contentos porque la película es fiel a lo que fuimos a buscar; lo que quiere decir que no estábamos errados en el tema de realización e investigación.
La idea, explica el director, también era “probarse”. “¿Cómo será hacer un largo?”, se preguntaron. Hoy saben que Desde las aguas es el mayor exponente de su conocimiento. “Es como filmar nuestro currículum... Aprendimos muchísimo, como que la película fue una pequeña escuela”.
Ahora ya están trabajando en un próximo documental. Con lo ya aprendido, Martínez asegura que sólo empezarán a filmar cuando dispongan de los fondos necesarios. Todos los que trabajaron en Desde las aguas lo hicieron gratis. Recién ahora, que la película comienza a proyectarse y a ser premiada (como con el reconocimeinto de Atlantidoc), se está empezando a generar dinero. Florencia Chao, una de las productoras ejecutivas, aclara que “generar dinero” no se traduce en generar ganancias, sino que se usa para cubrir cosas que quedaron por el camino.
Calle de Villa Soriano. Foto: gentileza de Gabinete Films.
¿Qué encontraron en Villa Soriano?
Cuando llegamos nos dimos cuenta que, por ser un pueblo que está en el interior del país, sufre un montón de problemas que son muy difíciles de resolver. Que por más ganas que tengan, no pueden lograrlo por el lugar donde están, porque es un poblado que está apartado.
Hasta hoy en día, de lo que siempre vivió Villa Soriano es de la pesca artesanal. Eso se da porque el trabajo en el campo bajó, porque la gente se va, la tecnología está en otros lugares y no ahí.
Esa es la realidad ahí, pero nos dimos cuenta que no escapa a lo que sucede en otros pueblitos del país. Todos los problemas que hay ahí son de la sociedad misma, son parte de ese no-progreso, del no salir adelante.
La diferencia sustancial que Martínez y su equipo encontraron en Villa Santo Domingo de Soriano es su antigüedad. “Ahí encontramos la película”, justifica el director. “Hay millones de cosas para contar sobre la historia misma de Villa Soriano, pero cuando empieza el documental explicamos unas pequeñas líneas acerca de Villa Soriano y se acabó. Le dejamos claro al espectador por qué elegimos ese y no otro lugar, pero nada más”. La película pasa a relatar cómo vive un pueblo estancado en el pasado, situación que se repite en otros pueblos uruguayos, lejos y olvidados. “Ese es el fuerte, que refleja lo que es el interior del país”.
¿Qué notaron en la gente, respecto a esa realidad?
Por momentos parecería que, como son el primer poblado del Uruguay, pretendieran estar mejor. Pero su actitud es estar esperando que venga alguien a solucionarlo. Eso o irse. Llegan a un punto en que lo mejor es sentarse abajo del árbol a tomar mate y esperar a que venga el presidente o el intendente o un inversor que ponga un hotel al lado del muelle precioso que tienen. Y si viene un inversor, tampoco sabrían qué hacer.
El documental da la sensación de que los pobladores de la Villa no hacen demasiado para cambiar la situación, más allá de lo que dicen lo que les gustaría.
No. Están a la espera. No tienen iniciativa de crear una cooperativa y empezar a producir para vender en las dos ciudades grandes que hay al lado.
Pablo Martínez asegura que las opciones laborales en Villa Soriano son la pesca y el campo para los hombres, y la costura para las mujeres, que terminan dedicándose a la casa y a criar a los hijos.
Cuando hicieron la producción periodística, se encontraron con la investigación de la antropóloga Isabel Barreto, quien cuenta en el documental que en Villa Soriano hay descendientes indígenas. Agrega que son unos 800 habitantes. “Ella hizo como un árbol genealógico y nosotros pensamos, lo tenemos que tirar en la plaza y que vaya todo el pueblo a verlo”, relató Martínez.
El director cuenta que en 2002 se fue mucha gente, familias enteras. “Por lo general, lo que pasa es que la gente se va, pero vuelve porque no se puede adaptar a otro lugar. Tienen un ritmo de vida totalmente distinto”. Lento, rutinario, establecido, tranquilo y austero. Así se vive. Por eso la cámara fija no es casual: un señor tomando mate, una mujer barriendo o la ida al almacén, de eso se constituyen los días en la Villa
“El problema es que son familias grandes, no sólo por la cantidad de hijos sino porque en la misma casa viven los abuelos, los padres de la gurisa, la gurisa y los hijos de ella”, describe Martínez. No hay liceo, sí UTU, pero Martínez comenta que allí se dan muy pocas clases. Entonces, la opción es ir hasta Dolores. En el documental, un adolescente se queja de que tiene que gastar 900 pesos mensuales solamente para trasladarse y poder ir a estudiar Analista en Marketing. “No sé si el problema es la plata, me parece que es la gran excusa; el tema es que entran en un ritmo de vida que es como un letargo”, opina el director. Florencia Chao dice que “da la sensación de que están cómodos . Pablo asiente. "Así se vive", concluye ella.
¿Esas diferencias en el estilo de vida también se transmiten en cómo es la gente?
La gente es muy, muy hospitalaria, en seguida te empiezan a contar de su vida, te invitan a la casa. Lo que nos pasó fue que era tanto el reclamo que había, que nos llegamos a sentir mal: nos transmitían una demanda enorme, porque es tanta la espera de que llegue algo de afuera...
Están enojados. El problema más grande que tienen es ese enojo al no progreso y el estar aislados, que les impide salir.
Pablo Martínez. Foto: gentileza Gabinete Films.
Estrenaron la película hace un par de meses y se dieron el gusto de proyectarla en Villa Soriano. ¿Cómo lo vivieron?
La pantalla se armó al lado del río, había un terreno inmenso donde la gente iba llegando, cada uno con su sillita.
Empezó a caer el sol -recuerda la productora- y la gente llegaba como de a poquito, de repente se empezó a llenar, la gente iba con la playera y el mate… Había como una expectativa muy grande, fue impresionante.
Ya de por sí -retoma Pablo- la pantalla llama mucho la atención. Pero sabemos que la gente fue a ver la película, a ver su historia. Es estar en el centro de la atención por un momento, para un pueblo que está alejado de todo.
Llama la atención la naturalidad de la gente en las tomas del documental. ¿Cómo fue colocar una cámara delante de ellos?
A nosotros también nos sorprendió porque se soltaron bastante. Igual las entrevistas fueron muy largas, se ve solo una parte.
Florencia Chao acota que, además, ya se había hecho un trabajo de campo donde se afianzó la relación con los pobladores. “El equipo es chico y eso contribuye, como que se pensó en la personalidad del pueblo”, explica la productora.
Hace un par de semanas, Desde las aguas fue premiada como el Mejor Documental Uruguayo por Atlantidoc. El argumento fue “la preservación de la memoria del pueblo de Villa Santo Domingo de Soriano, primer poblado del Uruguay, como homenaje a los pueblos que van desapareciendo".
La mención de Atlantidoc, dicen sus responsables, se asemeja a que Efecto Cine haya seleccionado a Desde las aguas para proyectarla por todo el país. “Llegar a Efecto Cine y recibir este premio nos demuestra que no estamos tan mal”, concluye.
“Si no ganás un premio, los distribuidores le han enseñado a la gente que la película no es buena”, lamenta. “Este premio es un llamador. Personalmente, es muy lindo. Es como otra parte de esos sueños. Ganar en tu país”.
¿Por qué la gente debería ver Desde las aguas?
Habla de algo muy uruguayo. Creo que va a generar una conexión con los espectadores del interior, porque refleja los problemas que viven. Para el espectador de Montevideo, o de otras ciudades grandes, creo que va ayudar a una apertura: le va a decir “mirá, atendé a otras personas que viven en el mismo país que vos, otro uruguayo como vos, pero que tiene una realidad diferente a la tuya; que no vive del trabajo de oficina sino de la tierra, de donde viene todo”.
Desde las aguas se estrenará este viernes, a las nueve de la noche, en el Teatro de Verano. Será en el marco de Efecto Cine, con entrada libre.