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Juan Carlos Reche es de Córdoba, España. El destino, o su contracara, el azar, le ha ofrecido escalas decrecientes: Roma, Lisboa y Montevideo, ciudad en la que vive desde hace unos años. Como poeta, ha publicado dos plaquettes (“La cítara de plástico” y “El maletín de la pantera rosa”) y dos libros de poemas: “El dolor y la velocidad” y “Carrera del fruto”.

Publicado el: 28 de setiembre de 2009 a las 10:03

Por: Miguel Ángel Dobrich

Juan Carlos Reche

Juan Carlos Reche

Reche es Licenciado en Filología Hispánica. Por estos días, redacta una tesis doctoral sobre el poeta argentino Roberto Juarroz, invierte imprecisas horas en traducciones y prepara “Para los años 10. Siete poetas españoles nacidos en los 70”, una antología de pares de su generación.

“En el oído/ he puesto un nido hueco/ para el olvido”. Eso, lo que engendran esos versos de Carrera del fruto, obligaron a 180 a acercarse a un poeta-traductor que invierte en la infecciosa apertura de lo mínimo.

¿Qué estabas escuchando cuando escribiste Carrera del fruto?

La verdad es que el libro no tiene una banda sonora ad hoc. Tardé mucho en escribir estos treinta poemas -unos tres o cuatro años-, con lo que los registros son amplios. Aunque se puedan detectar algunos ecos del flamenco, no tanto en lo que se refiere a atmósfera o a versificación, sino en visión del mundo, en aproximación al hecho poético y a la realidad. De hecho, las composiciones breves de este libro creo que se parecen más a la soleá que al haiku.

Tu pluma es profunda, lúdica: ¿es correcto catalogar a tu obra de reflexiva?

No me molesta en absoluto ese adjetivo, aunque para mí la reflexión es más un instrumento de investigación que de escritura. Lo que sí me encantaría es que esa reflexión no se note, que no salga de la trastienda del poema, de su galpón: de la poética.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Hay método, impulso o el trabajo literario nace a consecuencia de, por ejemplo, lecturas recientes?

No me considero un tipo difícil, aunque sí poco frecuentado. Acepto todo lo que esté incluido en el precio (que el primer verso lo da Dios, que el segundo lo da la inspiración, que-mira-que-buen-libro-que-te-he-traído-te-va-a-aydar-con-la-racha, que el cuaderno de las notas sea chiquito para que quepa en el bolsillo de la campera…), pero lo cierto, como decía hace poco un locutor con respecto a un tenista y sus lecciones privadas con McEnroe, es que hay que estar en un periodo fértil para que arraiguen las cosas que hemos leído y escuchado tantas veces sobre cómo hay que hacer las cosas. Y ese periodo le toca a todos, pero no por igual.

Como sostiene Valéry, el gusto está hecho de mil disgustos. ¿De dónde viene tu sensibilidad?

Aunque no la conociera, me encanta esta cita que suscribo totalmente. La decisión de transmitir un mensaje sensitivo, como la espina dorsal de una época viscida, ha sido un momento de mi creación. Anteriormente, estaba más inclinado hacia una plasmación en imágenes (lineales) del momento post-adolescente-post-moderno. Hoy día, no escribo; y cuando lo hago ni me doy cuenta. Disfruto descubriendo autores, haciendo razias casi inmorales por Tristán y los libreros del centro de la capital, casi siempre de peor humor.

¿Cuáles son tus autores de cabecera?

Catulo, Horacio, Antonio Porchia, la poesía italiana del siglo XX, especialmente su Secondo Novecento, ciertos poetas españoles de los años 90 como Jesús Aguado y el J.R.J. que raramente falla. Pero si te digo la verdad, son mis contemporáneos los que más tiempo pasan en mi cabeza y, especialmente, los contemporáneos de mi edad. Entre los españoles me quedo con Abraham Gragera y su ya importante Adiós a la época de los grandes caracteres o con Juan Andrés García Román y El fósforo astillado para quien pensara que ya estaba todo dicho (de todas las maneras).

Entre los hispanoamericanos de mi quinta, me quedo con los argentinos Javier Foguet y Walter Cassara. Y entre los uruguayos no pretendo ser original: los dos grandes recientemente desaparecidos: Jorge Medina Vidal y Salvador Puig.

¿Qué pretendes de tu escritura?

Que le arregle a usted la tarde. Y que me la arregle a mí.

¿Cuánto pesa el rol de traductor en tu escritura? ¿Qué problemas y qué ventajas se encadenan a esa conjugación tuya?

Me quita mucho tiempo, y sobre todo me absorbe. O estoy “en traductor”, o estoy “en poeta”. El problema mayor es que me roba el contacto con la textura del castellano. Y la ventaja es que permite acercarme a procedimientos, estructuras y demás truquitos que en castellano no existen, y me permite importarlos; me permite forzar las costuras de mi lengua. En cualquier caso, me permite familiarizarme con visiones del mundo de poetas de otras latitudes.

Por último, ¿crees que la poesía tiene la capacidad de devolver el lenguaje a su fuente originaria, a un tiempo cuando la palabra engendraba a la cosa?

Aunque admire a autores que la piensan así, o que el destino del poeta moderno sea el de unir lo que estaba dividido, como decía mi admirado Roberto Juarroz, creo que el papel del poeta actual está más inclinado hacia devolver al individuo a la fuente del pan, es decir: la del sentido (común).


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